18 jul. 2011

'Asteroide 1583' y '¿Para qué?': para nada


La taurina leyenda 'Mano a mano' ha sido la elegida por el tándem director del Festival de Mérida para agrupar tres pares de banderillas teatrales que, como la (cada vez más denostada) fiesta nacional, se desarrollan sobre la arena, aunque esta vez el albero tauromáquico ha sido sustituido por los residuos graníticos mezclados con arena lavada de cantera -encargada para la ocasión- que aglutina uno de los rincones de la Alcazaba árabe. Y mano a mano lidiarán con este marrajo dramático seis directores -y directoras, con perdón- y seis actores -y actrices, faltaría más- en las próximas semanas.

Las 'inventoras' del juguete escénico lo definen así: "Un director y una directora nacionales, un director y una directora extremeña, un director y una directora de cine, dirigen ellos a una actriz y ellas a un actor nacionales y extremeños [sic], en pequeños monólogos de media hora de duración, basados en temas o personajes grecolatinos y desde la más absoluta libertad dramatúrgica. El espectador asistirá cada noche a la representación de dos de estos monólogos". Y sí, a grandes rasgos, eso es lo que ofrecen estos seis mano a mano programados, de los que el cronista (y los escasos espectadores que acudieron a alguna de las cuatro funciones ofrecidas la pasada semana) ya ha podido contemplar los dos primeros.

Abrió por primera vez la puerta de chiqueros -es un decir- Félix Gómez, encarnando a Antíloco, un personaje secundario de la guerra de Troya, en 'Asteroide 1583', un monólogo escrito y dirigido por Amelia Ochandiano para puntualizar la historia oficial del conflicto más conocido -o no, según ella- de la antigüedad. El texto se proponía rectificar algunas líneas del relato clásico conocido en las que el protagonista desempeñó un papel capital: fue él quien informó al héroe Aquiles de la muerte de su amado Patroclo, sin ir más lejos. La letra pequeña se impuso, de esta forma, a las grandes cláusulas de un contrato ameno pero liviano.

Félix Gómez se arrimó al morlaco en una faena de menos a más, con un primer tercio algo tibio -la noche tampoco invitaba a florituras-, recuperando aliento en la suerte de varas, y gustándose a la hora de matar (o ser muerto, tanto da). Un actor en continua lucha con su acento, con la voz cascada -el cronista vio la función del sábado, última del lote-, pero elegante en las formas y sentido en el fondo. La puesta en escena de la lidia respetó las hechuras clásicas y sacó partido al ruedo árabe, convenientemente adecentado. El respetable concedió una ovación al maestro y tan contentos.

Peor resultó la faena que cerraba el cartel, protagonizada por Isabel Sánchez y dirigida por Manuel De -los riesgos del provincianismo contumaz-. Más cerca de la charlotada que de la lidia cabal, el monólogo interpretado por la actriz calamonteña ya advertía desde el título '¿Para qué? (La esclava de Andrómaca)'. Y eso se preguntaba el cronista cuando los clarines anunciaron el final de la sesión, recompensada con un sonoro silencio: ¿Para qué?

En este caso, un personaje meramente episódico de la mitología griega daba un paso al frente -y a los costados, y a todos lados, desplegando un histérico movimiento escénico- para interactuar con los espectadores y cuestionarse la utilidad del teatro, preguntando para qué se acude a un espectáculo dramático. La respuesta a tan chabacano texto, aunque nadie se atrevió a darla en público, podría ser tal que así: si por teatro entendemos propuestas como esta, para nada.

[Artículo publicado en nosolomérida.es]

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