7 may. 2011

Mis vicios (in)confesables (6): Jean-Léon Gérôme



"El exquisito academicismo de Jean-Léon Gérôme es anacrónico. Pero, ¿no es bello, justamente y conforme al axioma en el cual Duchamp fijará la estrategia de las vanguardias, aquello que se pone fuera de contexto? Visto un siglo después, Gérôme tiene la desasosegante seducción de lo que, sin romper con nada, a nada se ajusta: obra fuera del tiempo, la pintura es para él primordial refugio a cuyo abrigo eludir el contacto del mundo gris de la segunda mitad del XIX: el tiempo de la burguesía sin epopeya".

Quien habla -escribe, para ser precisos- es Gabriel Albiac. Y por su boca -por su tinta, negro sobre blanco, para ser exactos- se expresa un servidor. El sótano primero del Palacio de Villahermosa de Madrid, uno de los rincones del Museo Thyssen-Bornemisza, acoge desde el pasado 15 de febrero hasta el inminente 22 de mayo una (inédita) antológica de Gérôme, genial pintor y escultor francés del XIX: un heterodoxo academicista que fue capaz de convertir sus apetencias historicistas, mitológicas y orientalistas en iconos (cuasi) pop capaces de adelantarse un siglo a la posmodernidad.

Rescatado (oportunamente) del olvido en el que moró hasta hace escasas décadas, Gérôme se ha revelado como un excelso maestro de la puesta en escena pictorialista, más preocupado por la verosimilitud que por la realidad. El teatro y la fotografía -de los que se sirvió para precisar algunas de sus obras maestras- tienen -junto con el cine- una deuda impagable con él; tanta, que cualquier espectador medio será capaz de reconocer en sus cuadros los manantiales que han surtido de ideas a algunos de los más aplaudidos decoradores, escenógrafos, fotógrafos y cinematógrafos actuales.

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