24 abr. 2011

Mis vicios (in)confesables (4): Guillermo Brown


Acabo de dejar a un lado mi ajado ejemplar de Guillermo aporta su grano de arena -un tomito de la Editorial Molino más viejo que yo- antes de que su superlativo efecto adictivo me condene a (re)leerlo de cabo a rabo. Se lo he arrebatado (por un instante) al anaquel de mi biblioteca que soporta las (traviesas) aventuras del proscrito más adorable de la Historia de la literatura, Guillermo Brown, alentado por el recuerdo que me trae mi bibliófilo de turno, Manuel Rodríguez Rivero.

Recuerda el ínclito letraherido en las páginas de Babelia que dentro de unos días "la Asociación de Amigos de Guillermo (www.justwilliamsociety.co.uk) celebra su habitual encuentro (el 29º) para homenajear a su héroe", y recuerda también que, "como ocurre siempre que se reúnen sus fans, se hablará más del personaje que de su creadora: Richmal Crompton (1890-1969), como también le sucede a Arthur Conan Doyle, ha sido irremisiblemente fagocitada por la apabullante personalidad de su criatura. La joven profesora de lenguas clásicas y militante sufragista que se inventó a Guillermo y a los Proscritos en 1919 tenía proyectos profesionales de mayor enjundia literaria. [...] Pero sólo alcanzó su exigua parcela de inmortalidad gracias a las aventuras de un desaliñado mocoso que no disimula su radical hostilidad a los adultos (excepto si son artistas de circo, atorrantes, espías, deshollinadores, piratas, gánsteres, bandidos o magos) y es capaz de crispar los nervios a sus vecinos con sus insoportables cánticos y sus desopilantes ordalías. Admiradora de Proust y Henry James, pero sobre todo de Ivy Compton-Burnett, Crompton nunca pudo zafarse de su personaje -'mi monstruo de Frankenstein', lo llamaba-. Y esa fue su gloria: más de doscientas historias de Guillermo recogidas en una treintena de libros que han leído con gusto tres generaciones diferentes. Y resulta curioso: Guillermo y sus amigos y allegados, incluida la odiosa niña Violeta Isabel, cuyo característico ceceo funcionaba como arbitraria marca de clase (yo no veo para qué zirve un periódico zi no lleva crímenez, adaptaba el traductor López Hipkiss), conservan la misma edad durante todos esos años, como otros tantos Peter Pan encapsulados en una burbuja de tiempo. Y, sin embargo, el entorno de sus aventuras iba cambiando al ritmo del siglo XX: primero las familias eduardianas perdían a sus sirvientes; luego aparecían torvos bolcheviques (años veinte), mendigos (Gran Depresión) o camisas pardas (años treinta); más tarde, los relatos hacían referencia a la guerra, a las transformaciones de posguerra o a la conquista del espacio. Crompton adaptaba las peripecias de Guillermo a su propio tiempo, resignada a que esos fueran los libros con que se ganaba la vida (y bastante bien: cuando murió había vendido varios millones de ejemplares), pero siempre sufrió como humillación que los editores de sus novelas para adultos incluyeran en los paratextos de sus cubiertas la leyenda 'por la autora de Guillermo'. En todo caso, hace mucho que sus libros 'serios' no tienen lectores. Y los de su eternamente joven héroe ya no atraen a los adolescentes, de modo que, cuando desaparezca el último de sus ya añosos lectores 'naturales', el anarcoide William Brown será poco más que una breve referencia en las historias de literatura juvenil. Mientras tanto, recordémoslo [...] con el agradecimiento que se debe a los héroes".

Yo, después de todo, he decidido hacerlo (re)leyendo mi manoseado tesoro de 1972: "A Guillermo le estaba pareciendo la guerra algo aburrida. Situaciones tales como...".

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