27 jun. 2011

Lecturas imprescindibles (16): Enric Juliana. Informe al canciller de Libertonia

Fuente | 4ojos.com

Enric Juliana, cronista parlamentario de los que aún ven los toros desde la barrera (del soberanismo catalán) y embajador de La Vanguardia en la capital del reino (vecino), emitió ayer uno de sus informes (escasamente) diplomáticos al (imaginario) canciller de Libertonia: un magnífico retrato a vuelapluma de la actual coyuntura ibérica, enmarcado en la grave situación que vive "ese inmenso lago entre Asia y el Atlántico que llamamos Mediterráneo":

"España se dirige a unas elecciones relativamente anticipadas que pueden tener lugar entre octubre y noviembre, una vez conocidos los buenos datos de la temporada turística a la que antes me he referido. En condiciones normales podríamos hablar de adelanto técnico, puesto que la legislatura concluye en marzo del 2012, pero el empecinamiento del señor José Luis Rodríguez Zapatero en querer agotar el mandato puede envenenar este asunto. Hay que entender al señor Zapatero. El presidente saliente quiere tiempo para escribir el último renglón de su acelerada biografía política y desea tener garantías de un retiro tranquilo y pequeño burgués en León, la tierra de sus padres y único lugar en el que dice sentir sosiego. Los españoles señalan hoy al señor Zapatero como principal responsable de la grave crisis que vive el país, lo cual no es del todo cierto -los problemas de competitividad vienen de lejos y fueron disfrazados por la especulación inmobiliaria-, pero la sociedad no está para muchas filigranas intelectuales. Como he señalado en anteriores informes, España nunca ha sido muy amante de los matices. El PSOE ha gobernado durante 21 de los 32 años de restauración democrática y la gente hoy le asocia con la crisis, por mucho que al opositor Partido Popular no le faltasen pulmones para hinchar la burbuja inmobiliaria en el periodo 1996-2004. El señor Zapatero cometió la increíble temeridad de negar la crisis en sus inicios. La negó con verdadera tozudez y la gente ahora le aborrece por ello. 'No nos avisaste de que podíamos arruinarnos'. El presidente quiere enmendar ese gran fallo aprobando parte de las reformas que le exige la coalición central europea y el establishment español. No quiere pasar a la historia como el peor presidente de la España democrática desde las indecisiones del centrista Manuel Portela Valladares en el lejano 1935. Y quiere un retiro tranquilo. Sepa, señor canciller, que en este país ha surgido la costumbre de querer someter a proceso penal a los presidentes salientes. Felipe González estuvo a punto de pasar por ese trance y José María Aznar también vivió alguna inquietud al respecto.

La impresión más generalizada hoy en Madrid es que no hay fuelle para aguantar hasta marzo. No, no lo hay. Los problemas se multiplican, el malestar social se extiende, al apoyo parlamentario de los nacionalistas es problemático -los vascos, heridos por la pérdida del Gobierno de Euskadi, se regodean- y la factura que puede acabar pagando el PSOE comienza a ser impresionante. Encuestas recientes a las que he tenido acceso atribuyen al Partido Socialista una pérdida de hasta 60 diputados (de los 169 actuales pasarían a 110). Un descalabro de tal magnitud podría comportar el desencuadernamiento del Partido Socialista Obrero Español, previsiblemente dividido, como en los años treinta, entre moderados e izquierdistas. Algunos socialistas están propugnando un gobierno de concentración nacional con el PP, lo cual, en las actuales circunstancias, significa ofrecerse como acompañantes de una futura hegemonía del centroderecha. Me consta que el nuevo candidato socialista a la presidencia, el primer ministro Alfredo Pérez Rubalcaba, desea el adelanto electoral.

España, señor canciller, se halla cerca del estado de shock. Quince años de crecimiento económico ininterrumpido se han visto súbitamente estrangulados. La mayoría de los españoles comienza a darse cuenta ahora de que la fiesta tardará mucho en volver. Tanto que quizá no vuelva jamás. Ningún otro gran país europeo está viviendo una experiencia similar. Hasta hace cuatro días, se aferraban a la idea de estar viviendo una tormenta pasajera. En el fondo, deseaban creer en el voluntarismo del señor Rodríguez Zapatero. El paso del tiempo y la acumulación de malas noticias está generando un ambiente de gran pesimismo. Las manifestaciones de los denominados indignados han contribuido notablemente a ello durante estas últimas semanas. Por primera vez desde el intento de golpe de Estado de 1981, los españoles de a pie, los hedonistas de los años noventa y primera década del nuevo siglo, los españoles indiferentes a los más diversos excesos -España lidera el negocio de la prostitución y el consumo de cocaína en Europa- vuelven a ver el rostro del drama social. Un rostro que tenían olvidado.

Unas notas más sobre los indignados, puesto que algunas legaciones diplomáticas en Madrid están enviando informes a destajo sobre este peculiar fenómeno. Señor canciller, en España se registran en estos momentos varias convulsiones, pero, en mi opinión, la más importante, la de mayor alcance, tiene lugar, silenciosamente, en el interior de las casas. Las recientes elecciones municipales y autonómicas así lo indican. Aferrados todavía a la idea del paréntesis, los españoles buscan una solución práctica a sus problemas y podrían dar un voto absolutamente masivo al Partido Popular, aunque la derecha, rocosa, ceñuda y unilateral, no se distinga por su capacidad de diálogo con la más de media España vinculada sentimentalmente a la izquierda. Los indignados son una fábrica de votos para el PP, porque su ira acentúa el carácter dramático del momento. Y además de temer el paro y el desamparo social, los españoles tienen miedo al dramatismo. Ya sé que cuesta de entender, pero nunca hemos de olvidar que este país vivió una Guerra Civil. Una Guerra Civil cuyo recuerdo la izquierda ha abordado estos últimos años con frivolidad. No quiero decir con ello que los españoles teman hoy una guerra. Sólo apunto que el regreso del dramatismo les espanta.

Los españoles son, en su mayoría, unos demócratas despolitizados. La frase no es mía. La tomo prestada del sociólogo Fernando Vallespín, hasta hace unos años director de la agencia estatal de opinión pública. Los españoles aman la democracia, pero durante treinta años han delegado el ejercicio de la política en los partidos, a los que hoy encuentran, súbitamente, todos los defectos del mundo. El nivel asociativo del país es bajo, con la única excepción del País Vasco, Catalunya y Andalucía (esta última con una densa red de hermandades religiosas). La cultura política popular es débil. La política ha sido durante estos años un asunto de élites profesionalizadas. En los últimos siete años, antes del reciente motín de la Puerta del Sol, sólo logró recordar dos conflictos de cierto relieve en Madrid: una revuelta contra los parquímetros en la que los vecinos del barrio de Carabanchel llegaron a arrancarlos de cuajo, y una pintoresca protesta vecinal con miles de madrileños fascinados por una baronesa encadenada a un árbol. Cada equis tiempo, Madrid suelta vapor. El movimiento de los indignados surge de ese fondo social de despolitización. Un sector de la juventud ha querido tomar la palabra y ha hablado a borbotones; algunos con dificultades para la construcción sintáctica. El paro juvenil afecta, sobre todo, a los poco cualificados y a los licenciados en letras y humanidades. Muchos españoles han simpatizado con ellos. El espontaneísmo gusta en España. Este es un país de motines, guerrillas, partidas, huidos y demás gente echada al monte. Ha sido una eclosión novedosa -sobre todo para los profesores de sociología-, en la que las palas de la protesta han removido los fangos antipolíticos del franquismo.

Miles de jóvenes han vivido una experiencia apasionante durmiendo al raso en las plazas. Izquierdistas bien colocados en la cultura oficial han sentido el burbujeo del 'retour d'âge'. Algún despistado ha creído que la protesta antipolítica dará pulmón a los pobres socialistas; el juez Baltasar Garzón ha insinuado estos días su disponibilidad a liderar un partido justicialista de nuevo cuño, y algunos conspiradores de la derecha vuelven a soñar con una República presidencialista que acabe de una vez por todas con los nacionalismos periféricos, a caballo del creciente descontento popular. A estos últimos no hay que perderlos de vista. El señor Mariano Rajoy tendrá que lidiar con la sombra, muy española, del 'Hombre Fuerte'. Sólo me cabe una última conclusión: en España, la procesión, con peineta y banda de música militar, va por dentro".

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