16 may. 2011

Mis vicios (in)confesables (7): Series de TV


Nunca pensé que algún día llegaría a escribir esto: estoy enganchado a las series de televisión. Nunca me gustaron los seriales catódicos: siempre preferí la concisión cinematográfica a la digresión televisiva. Jamás soporté la condena que suponía condicionar la rutina diaria en (la supuesta) virtud de unos personajes y unas tramas prorrogados (las más de las veces) sin sentido con el único objetivo de rentabilizar una inversión determinada. Pero los tiempos cambian y las circunstancias consumidoras (y consumistas) con ellos. La ficción que proyecta la (cada vez menos) pequeña pantalla en pleno siglo XXI bien vale una revisión de las filias y fobias de cualquier espectador medianamente inquieto, y yo no podía mantenerme durante mucho tiempo ajeno a la edad de oro de un género que nunca rayó a tan alto nivel como en la actualidad.

El fenómeno ha rebasado los límites domésticos y, tanto desde el ámbito académico como desde los oblicuos análisis vertidos en la red por los adalides de la posmodernidad, se aplauden por igual sus excelencias. Dos ejemplos recientes son Teleshakespeare y Guía de complejos, escritos por Jorge Carrión y José Luis Molinuevo, respectivamente. Sendos ensayos dan cuenta de la profundidad sociocultural alcanzada por las series (norteamericanas) en el nuevo milenio y por esa misma senda transita Martín Schifino en su último artículo publicado en Revista de Libros, en el que se plantea, retóricamente, la pertinencia de bautizar al puñado de joyas que pasa a analizar como '¿Series de oro':

"Podría decirse que las series son hoy el nuevo pan-arte, pues aprovechan tanto las técnicas narrativas de la novela como los estándares de producción del mejor cine. Lo indudable es que la escritura televisiva está viviendo una edad de oro.

Buscando un inicio, aunque sea simbólico, uno situaría el renacimiento el 10 de enero de 1999, cuando Tony Soprano despertó con el corazón hecho un bombo. Malas noticias para Tony, sacudido por sus ataques de pánico. Y buenas para nosotros, invitados a intimar con los dilemas de un paterfamilias que dirigía una organización criminal desde los sillones raídos de un puticlub. Las seis temporadas de la serie nos enfrentaron con emociones tan horrendas como fascinantes, entre las que no faltaron las luchas entre las pulsiones individuales y las circunstancias adversas, esto es, los ecos trágicos. En este sentido, los críticos no exageraron al definirla como «shakespeareana»; pero 'The Sopranos' (Los Soprano) rara vez mueve los hilos de piedad y terror preordenados de la tragedia clásica: como Shakespeare, es más bien un vasto muestrario de falibilidades humanas. Tony es un gran personaje rodeado de grandes personajes, cuyas órbitas son de todo menos armónicas.

Al prestarle atención a esas disonancias, David Chase, el creador y escritor principal de la serie, demostró que la televisión cuenta con excelentes medios para la exploración de personajes. En el cine, donde dos horas es el envase narrativo estándar, las historias suelen concentrarse en dramas localizados y crisis puntuales; sencillamente, no hay tiempo para investigar la interacción verosímilmente errática de varios personajes. Pero las series pueden permitírselo, porque tienen tiempo desde el comienzo: en una temporada hay doce o trece episodios de una hora, y una serie de éxito dura entre cinco y siete temporadas (unos sesenta capítulos). La mera sucesión crea una ilusión de realidad mucho mayor que la del largometraje más largo: los personajes viven durante extensos períodos frente a nuestros ojos e incluso envejecen indefectiblemente a la par que los actores, un efecto de genuina novedad, cuyas resonancias son mucho más potentes que el envejecimiento de utilería al que nos tienen acostumbrados los efectos especiales. 

Quizá sea este tiempo sentido, internalizado, lo que más acerca las series a la novela. Porque, como ha notado la escritora Lorrie Moore, 'ya sea en forma de horas o de páginas, hace falta tiempo para transformar un tipo social en un ser humano, la demografía en drama'. Moore lo dice al hablar de 'The Wire' (Bajo escucha, 2003-2008), la otra gran producción de HBO de la década pasada, una serie sobre el narcotráfico en la ciudad de Baltimore que mereció el elogio de 'tolstoiana'. Tolstói, por supuesto, fue el gran enemigo de Shakespeare, pero no hay que buscar en 'The Wire' la contrapartida de 'Los Soprano', sino más bien una expansión de su ámbito. Las historias sobre la familia Soprano y su círculo suelen mantenerse en la intimidad, pegadas a los conflictos individuales: la crisis de fe de Carmela, las deficiencias de Tony como marido, los desguaces de tal o cual mafioso, a lo sumo las rencillas entre pandilleros. 'The Wire' es una narración poliédrica en la que se conectan, novelísticamente, la vida privada de los habitantes y los intereses institucionales de toda una ciudad. Y, en efecto, David Simon, su creador, la llama 'no un programa de televisión', sino una 'novela'.

[...] Por un lado, la escritura televisiva ha recuperado una técnica de corte folletinesco, en la que cada episodio termina en una situación de suspense o al menos deja algo pendiente para el siguiente. Por otro, los géneros siguen evolucionando fructíferamente más allá de los formatos particulares: cuando una forma nueva adopta el género creado por su precursora, no reproduce estrictamente el camino andado por la anterior, sino que se apoya en los supuestos estéticos e ideológicos de su propia época. ('Lost' [Perdidos], digamos, no retoma las historias fantásticas sobre islas donde las dejaron Jules Verne o Adolfo Bioy Casares: incorpora la historia de la ciencia-ficción hasta Cronenberg, Ballard y más allá.) Las series suelen combinar, así, tradicionalismo y vanguardismo, resolviendo con soltura muchas de las ansiedades del posmodernismo clásico en cuanto a la posibilidad o no de narrar".

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