2 ago. 2011

Mis vicios (in)confesables (11): Paco Suárez


Mentiría si dijera que soy capaz de afrontar un comentario sobre la última propuesta teatral de Paco Suárez desde la objetividad: por muchas razones. Sirva, de entrada, como aviso que han tenido que pasar algunas semanas desde su contemplación para que me atreviera a emitir un juicio (más o menos) sensato, no sé si desapasionado, de lo visto y oído, de lo sentido.

Tenga en cuenta el lector que, cierto día de hace un puñado de meses, el señor Suárez, por aquel entonces director del Festival de Mérida, propuso al abajo firmante, por aquellas fechas jefe de Prensa de dicho certamen, firmar a dúo una nueva versión de la más antigua tragedia que se conserva, 'Los persas' de Esquilo, una vez desechada la arqueología rítmica acometida por el profesor Agustín García Calvo en primera instancia, luego pertinentemente publicada por la editorial Lucina. Dicho, y hecho: una vez fijadas ciertas premisas, los autores se pusieron -nos pusimos- manos a la obra. Pero los políticos (de tres al cuarto) que entonces manejaban el festival y la (impresentable y negligente) gerencia que aún hoy desgobierna un certamen (mucho) más ruinoso que las romanas piedras que lo acogen, se cruzaron en un camino que nadie había imaginado de rosas pero que nada hacía presagiar que estaría plagado de espinas. Sea como fuere, el proyecto se fue al traste, aquellas ilusiones quedaron guardadas en un cajón junto a otras a la espera de mejor ocasión... y el mundo siguió andando.

Por supuesto, el señor Suárez continuó luchando por poner en pie su proyecto, que finalmente encontró acomodo en la programación del Teatro Español, donde el (siempre) atento Mario Gas dio cobijo a una proposición (nada) indecente. Eso sí, en lo que fue de un momento a otro, la autoría de la versión se vio alterada por motivos que no vienen al caso aunque perfectamente razonables: finalmente fue el filólogo, poeta y crítico valenciano Jaime Siles quien renovó formalmente un texto que, paradójicamente y aunque esté feo decirlo, se parece bastante a lo que hubieran parido las cuatro manos y los dos cerebros originales.

El caso es que, del 23 de junio al 24 de julio, se ha representado en la Sala Pequeña del Teatro Español la definitiva versión de 'Los persas' de Jaime Siles, con dramaturgia y dirección de Francisco Suárez; y que su acogida por parte de la crítica -aplauso generalizado- y del público -escasas butacas libres en la mayoría de las funciones- ha sido generosa. No podía ser de otra forma pues, aunque parezca sorprendente, el espectáculo visto en Madrid se ha convertido en la mejor propuesta clásica grecolatina de la temporada, para desgracia del Festival de Mérida, que se dejó escapar -por ceguera intelectual y malas artes profesionales, amén de desprecio personal- un caramelo escénico que hubiera hecho las delicias de los paladares más exquisitos.

Fiel a su idiosincrasia artística, Suárez engarza en su puesta en escena el clásico relato de lo acontecido a los soldados de (la batalla de) Salamina con las recientes revueltas árabes producidas este mismo año en el norte de África y su conexión con el continente asiático, cuyo componente transformador aún no conoce su punto y final. Se sirve, para dicha labor de orfebrería dramática, de sendas proyecciones audiovisuales que vomitan las contemporáneas ansias de libertad de pueblos tradicionalmente oprimidos por la tiranía de sus gobernantes, que el maestro de ceremonias identifica, a grandes rasgos, con lo narrado por Esquilo dos milenios y medio atrás. A un servidor, esta idea, junto con la simbología nazi que envuelve al derrotado Jerjes al final del drama, le sobran, pues cree que la potencia de fondo de una tragedia como 'Los persas' se basta y se sobra para que su alcance llegue hasta nuestros días, sin necesidad de subrayados formales accesorios: esa es la mayor virtud de los clásicos, su capacidad para penetrar en el ánimo del espectador contemporáneo con la misma facilidad de cuando entonces.

Advertido este exceso, no queda sino aplaudir el resto de la propuesta: austera, minimalista, precisa, eficaz. Un desfiladero de ceniza soporta el peso de los seis protagonistas. Dos sillas y una mesa de metacrilato soportan el peso de la tragedia. Sobre esta última, una vajilla de copas avejentadas hace las veces de ejército persa, cuya disposición va y viene por el imaginario (y transparente) mapa según el punto de vista (y el ánimo) de quien narre los acontecimientos. Esta es toda la escenografía de un espectáculo que parece huir de tal sustantivo.

En cuanto a los personajes, Suárez acierta -y de qué manera- al reducir el coro de nobles persas a un par de ancianos consejeros reales -encarnados con su habitual grandeza y humanidad por los veteranos Miguel Palenzuela y Alicia Sánchez-; acierta aún más al permitir el lucimiento de la más ilustre 'rara avis' de nuestra escena, Albert Vidal, que resucita al fantasma de Darío alardeando de su arte telúrico, alimentado en las añejas tradiciones teatrales orientales; y riza el rizo del acierto al regalar a Jesús Noguero el papel de su vida: su Mensajero transmite, de manera insuperable, las trágicas vergüenzas contempladas en el campo de batalla, recordando que el propio Esquilo fue protagonista de las Guerras Médicas y que su obra inaugura, sin pretenderlo, el reportaje periodístico, por más que su calado trascienda la mera acumulación de datos. Inés Morales da vida a una reina madre espectral, que más parece una resucitada talla religiosa de andar por casa que una dominadora matriarca oriental, carente de la prestancia necesaria para soportar todo el dolor del mundo. Por último, Críspulo Cabezas solventa con suficiencia su breve aparición epilogal, pero deja en el espectador la sensación de haber desaprovechado la ocasión de dibujar un Jerjes más arrepentido, más consciente de sus (i)limitadas ambiciones y más consecuente con su derrota, particular y global.

Dejo para el final la luz (y las sombras), obra de un inspirado Paco Ariza, y la música, que va de Górecki a Shostakóvich haciendo parada (obligatoria) en Juan de Pura: la voz que pone el broche de oro a una tragedia que la percusión obliga a sufrir al espectador.

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