9 jun. 2011

Mis muertos más frescos (6): Jorge Berlanga

Fuente | El Mundo

A la muerte de su padre, el genial director cinematográfico Luis García Berlanga, Jorge esbozó en los periódicos este (indirecto) autorretrato: "En el ser o no ser, cabe preguntarse qué es ser Berlanga. ¿Ser insatisfecho, ser incómodo, ser mal español, ser un bicho raro, ser un señorito respondón, ser un proscrito? Puede que no sea más que una aspiración a pensar algo dentro de la nada, a no creer en el mundo al mismo tiempo que se lo ama, a tener un desprecio por la vida sin perder la pasión por ella. Es ver y preguntarse, sin descanso, aunque parezca una actitud perezosa. Observar todo lo que ocurre y tratar de arreglarlo con ocurrencias. Darle la vuelta al mundo y levantarle las faldas para verle el culo. Encontrar en impertinente búsqueda el sentido original de las ideas como instrumento para la libertad de las personas". A lo peor, refiriéndose a su padre, Jorge Berlanga resolvió definitivamente la ecuación que no fue capaz de descifrar en hasta ese momento en sus columnas. Acaso, muerto el padre, y muerto el hermano -Carlos, soberbio autor de canciones en la 'Movida' y después-, los complejos profesionales se fueron al carajo y su pluma se liberó.

Poco importa esto ahora que ha desaparecido, también él, también joven, con la obra (y la vida) a medio hacer. Queda el consuelo de recordar su limitado legado -fue guionista, narrador y columnista- y gozar con la lectura del perfil que trazó de él el inigualable Umbral hace una década en las páginas de El Cultural:

"Cuando yo visitaba con frecuencia -eran otros tiempos- la dacha de Luis García Berlanga, veía por allí a toda la familia, excepto a Jorge, a quien me imaginaba en su estudio escribiendo cosas, ya que su vocación literaria era indudable. El chico se manifestó como escritor con las primeras traducciones del primer Bukowski, en Anagrama. El viejo americano se había puesto de moda y vendía mucho. Estaba en su etapa porno, o sea la menos interesante. A Luis y a mí, aquella máquina de follar nos parecía un plagio tardío de Henry Miller, pero Jorgito Berlanga nos decía que éramos unos antiguos, que Miller estaba pasado y que lo moderno y lo crudo era Bukowski.

En cualquier caso, el conocimiento del narrador y poeta americano a mí me vino por Jorge Berlanga y comprendí que si aquello era lo moderno yo me había quedado en Juanita Reina. Ahora, Berlanga ya no traduce a Bukowski ni a nadie, que yo sepa, pues hace mucho tiempo que se consagró como columnista en el ABC de Anson. Anson, que arrastra su estela donjuanista, ha sido siempre muy aficionado a descubrir estos jóvenes posmodernos, que en realidad es lo que le gusta. Actualmente, Jorge Berlanga escribe en La Razón y hace una columna casi diaria, lo que nos permite seguir no sólo al columnista sino al hombre, ya que Berlanga es muy autobiográfico, cronista de Madrid y de sí mismo.

Berlanga principió lanzándose a la columna mundana, anglosajonizada, irónica y noctámbula. Y en eso se mantiene, pero lo que antes era una orgía perpetua se le ha convertido en las coplas de Jorge Manrique, donde no llora a su padre sino a sí mismo pues se ve cansado, solo, desnivelado, con el corazón a deshora y la máquina de escribir con gripe. David Gistau ha hecho en La Razón una buena columna sobre el Berlanga actual, que partía de una fe joven y urgente en la actualidad y hoy empieza a cansarse de ser tan libre, tan solitario en su apartamento (emigró de los padres), aunque imagino que tan visitado como siempre por sus curiosas amigas, samaritanas de solterones y enamoradas del marido imposible e irreductible que se basta a sí mismo con un trago, un amor, una máquina de escribir y un tema.

Siempre he visto claramente que Jorge Berlanga había creado para sí el mito del columnista solitario y nocturno, a la sombra de una mujer cambiante y al sol del artículo mañanero. Una vez su madre, la encantadora María Jesús, se me quejaba de que Jorge ganaba poco, y es que en esta profesión se gana poco y por eso hay que escribir todos los días, acudiendo a los periódicos con el artículo en la mano como los mendigos iban a los cuarteles con la escudilla de la sopa boba.

-Jorge tiene muchas novias, pero gana poco.
-Es que con el amor no se come.
-Y tú que lo digas, Paco.

Esta conversación la hemos mantenido varias veces María Jesús y yo. Aquí está la eterna cuestión entre la vocación y el dinero. Berlanga mantiene con bizarría su oficio de columnista, pero es demasiado caballero para contarnos sus días de turbio en turbio, sus noches de claro en claro. Lo que nos cuenta, en realidad, es la estela de una vida que se ha elegido solitaria, enamorada, periodística, más de película que de la realidad, pero nunca de película de su padre, porque lo primero que tiene que hacer uno para realizarse es matar al padre, como todos sabemos, y Jorge Berlanga se está realizando día tras día. Lo que importa en él, aparte las finas observaciones que nos cuenta, aparte las delicias de una vida no siempre deliciosa, es la desnudez de un hombre que no ha querido amarrarse a lo seguro sino que desde muy joven vivía fascinado por las llamadas de lo inseguro, por el canto de las procelas. Ha sido fiel a su vocación de solitario, que es la más hermosa (yo estoy lleno de soledad), y nos da ejemplo todos los días. Dicen sus admiradores y admiradoras que llega a los bares del martini matutino con lejanía y pereza, desgarrado de calles y alucinado de insomnios, como por la noche llega a los aledaños del mal y los arrabales (los arrabales, en realidad, están en el centro) con la copa servida, la crónica que se le ha organizado sola en la cabeza y el vasto cansancio de no haber hecho nada más que imaginar. Imaginar es el trabajo más profundo y doliente que se le puede presentar a un hombre, ya que se imagina con todo el cuerpo y no sólo con la cabeza, y se imagina sobre uno mismo, ejercicio necesario para volver a ser el que éramos anteayer, pues los filósofos dicen que no existe el sujeto y sólo somos lo que hacemos.

Jorge Berlanga hace más que cualquiera sin perder el dandismo de no hacer nada, de ocultar el trabajo, de fingir el ocio, en lugar de explotar sindicalmente (no es lo suyo) el paro secreto en que vive y al cual él mismo se ha condenado. Hermosa condena que le envidiamos precisamente porque es la nuestra. Siempre se envidia en otro lo que uno tiene en casa. Jorge ha perdido alegría, festividad, domingos, novedad en el oficio y emoción de los comienzos. Por eso ahora está más sobrio, más profundo, más sabio, menos ambicioso, más contemporáneo, y ahora de verdad. Cada uno de sus tragos es una copa amarga que nos tomamos con el hombre callado que tanto sabe, y sabe porque ha vivido y ya no escribe para ejercitarse sino para confesarse. Venga otra copa de lo mismo".

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