21 ago 2011

'Mi hermano Polinices' y 'Juicio a una zorra': pesadilla de monólogo y monólogo de ensueño


Finaliza -en realidad lo hará el próximo fin de semana- el ciclo de monólogos 'Mano a mano' del Festival de Mérida con la doble oferta que une, por un lado, a los extremeños Memé Tabares y Jesús Noguero, y por otro, a Miguel del Arco y Carmen Machi: dos propuestas potentes -la otra más que la una, claro- con desiguales resultados artísticos que pasamos a desentrañar.

El maestro Peter Brook inaugura su canónico manual sobre arte y técnica teatral con estas sabias palabras: "Puedo tomar cualquier espacio vacío y llamarlo un escenario desnudo. Un hombre camina por este espacio vacío mientras otro le observa [el espectador], y esto es todo lo que se necesita para realizar un acto teatral". Pero, antes de que sea demasiado tarde, aclara: "Sin embargo, cuando hablamos de teatro no queremos decir exactamente eso. Teléfonos rojos, focos, verso libre, risa, oscuridad, se superponen confusamente en una desordenada imagen que se expresa con una palabra útil para muchas cosas". Viene a cuento la cita del director londinés porque, a la salida de la Alcazaba árabe, mientras el cronista rumiaba la presente reseña, no podía sino repetirse una y otra vez la expresión con la que Brook denunciaba (¡en 1968!) los excesos del teatro moderno: elementos que "se superponen confusamente".

'Mi hermano Polinices', la cuarta versión -esta vez velada- de 'Antígona' que se estrena este verano en Mérida, se regodea en esa superposición confusa, y tan pesado lastre impide que la función remonte el vuelo. La culpable de acopiar dicha carga es una de las figuras más heterodoxas -por decirlo finamente- de la escena regional, Memé Tabares, quien, haciendo honor a ¿su nombre?, convierte en una memez lo que podría (y debería) haber sido un sentido monólogo en el que la fraternidad reinara por sobre todas las cosas, una vez que la tragedia ha extinguido las llamas de la ambición. Pero no. La dramaturgia y la dirección de la responsable del artefacto dramático que nos ocupa desprecia el texto que los dioses -y los generosos y provincianos regidores autóctonos- ponen en sus manos y, sobre todo, el entregado trabajo de un actor en estado de gracia, Jesús Noguero -sublime en 'Los persas' de Paco Suárez estrenados en el Teatro Español de Madrid-, que, sin embargo, no puede soportar por sí solo todo el peso del desastre.

De un tiempo a esta parte, el teatro posmoderno se ha instalado en el abuso de lo que se ha dado en llamar espacio sonoro: un 'totum revolutum' en el que cabe cualquier sonido pero que los artistas contemporáneos se han empeñado en atiborrar, fundamentalmente, de ruido, convirtiendo cualquier texto -por bello y trascendente que sea- en una amalgama sonora insufrible para los oídos del espectador. Eso es, pizca más o menos, lo que perpetra Paco Barjola en 'Mi hermano Polinices'; y eso es lo que la ínclita directora de la cosa permite y jalea, aderezándolo con un movimiento escénico más que discutible. De tan enojosa mezcla sale un monólogo que en realidad no lo es, pues un sinfín de voces -la familia del protagonista (casi) al completo- se pasa media hora larga dando la tabarra a un aturdido Polinices que se desenvuelve como puede sobre un mar de arena y pesadilla en el que los elementos, ay, "se superponen confusamente".

La creación sonora -en este caso el delito lo comete Sandra Vicente (Estudio 340)- también sobra en el 'Juicio a una zorra' que cierra la velada pero, a diferencia del caso precedente, este tiene un responsable que toma las riendas del asunto y no permite que por culpa del ruido se desboquen los caballos de la tragicomedia: Miguel del Arco, el talento emergente del teatro nacional más reconocido por los 'connoisseurs' en la actualidad. Suyos son el texto y la dirección de un largo monólogo -esta vez sí- que pasa por delante del espectador con la fugacidad de una Perseida.

Gran parte del mérito de la función corre por cuenta de Del Arco, que sintetiza con las dosis justas de seriedad y desenfado el devenir de la que fue considerada la mujer más bella del mundo, Helena, y la letra pequeña de la guerra más conocida de la historia, la de Troya, dando forma a un parlamento que se ajusta como el látex a la piel de un animal escénico llamado Carmen Machi, quien convierte al mito espartano en una puta barata teñida de rubia platino y enfundada en un 'demodé' vestido rojo pasión.

La mujer que quitó el sueño a varias generaciones de guerreros y gobernantes en la antigüedad, aquella por quien perdieron la cabeza los más recios héroes, se presenta ante el espectador como la ruina (física y moral) en la que los estragos del tiempo le han permitido malvivir entre copas y botellas de alcohol. Despojada de su aura mítica, la (otrora) bella Helena, la 'zorra' del título, se autodefiende en un juicio ante la Historia y ante quienes la dejan escrita para desconcierto de las generaciones venideras. Machi devora al mito, se lo trae al aquí y ahora -merced a un par de guiños atemporales- y lo presenta con hechuras domésticas, haciendo un nuevo alarde -y van unos cuantos, en teatro, cine y televisión- de versatilidad interpretativa solo al alcance de los más grandes.

Un público que ríe -en buena parte de las confesiones- y se emociona hasta rozar la lágrima -con las denuncias de un mundo eternamente machista- despidió a la actriz con una sonora ovación mientras esta cantaba bajo la (tímida) lluvia que finiquitó la función del sábado. Un cierre de ensueño para un ciclo irregular pero más que aprovechable que debería tener continuidad en el tiempo.

[Artículo publicado en nosolomérida.es]

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